domingo, 1 de julio de 2012

Saldos de la campaña

A fin de cuentas, en cualquier democracia, las elecciones giran alrededor de dos asuntos básicos: la salud económica y la defensa de las libertades democráticas. Sin ellas, es imposible que un Estado pueda cumplir sus funciones fundamentales: garantizar la seguridad de sus gobernados; redistribuir el ingreso para limar la desigualdad; abrir oportunidades a todos, y garantizar el acceso a la educación y la salud.

La racionalidad debería privar en el análisis económico y político de cualquier elector antes de depositar su voto. Desafortunadamente, un altísimo número de votantes decide su voto en función de criterios que nada tienen que ver con la realidad. La irracionalidad de los votantes es especialmente notable en el terreno de la economía: ni los números pueden desmontar sus "creencias". En ningún territorio son más evidentes los prejuicios que determinan el voto de muchos.

En Estados Unidos, los electores encuestados desde hace años aseguran -en contra de todos los datos de las agencias gubernamentales- que el Gobierno gasta cantidades exorbitantes en ayuda externa y en programas sociales a costa de los gastos en defensa (ver Bryan Caplan, "The Myth of the Rational Voter").

Nosotros no estamos mejor. En decenas de comentarios a un artículo reciente sobre economía que subí a mi blog en Letras Libres, los presuntos votantes que entraron al sitio aseguran que el Estado benefactor en México es muy reducido, que México ha crecido menos que Haití y que el País no necesita ninguna reforma energética, laboral o fiscal. Nadie me recomienda entrar a las páginas de Hacienda o de Banxico o la lectura de libros y/o artículos para desmentir lo que las cifras dicen: que la economía mexicana está muy lejos de padecer una "crisis profunda". Su referencia invariable es YouTube. El problema es que en YouTube cada quien encuentra lo que quiere: desde manifiestos racistas, hasta descabelladas propuestas utópicas para acabar con la globalización. La objetividad brilla por su ausencia.

En esta campaña, el anonimato de las redes sociales ha vulnerado también las libertades democráticas. El acoso en Twitter convirtió a la opción priista en el voto que no se atreve a decir su nombre. Muchos proclamaron en las redes sociales sus simpatías por AMLO y no pasó nada.

Por el contrario, los que se atrevieron a criticar a López Obrador -como Javier Sicilia- o a apoyar a Peña recibieron una catarata de descalificaciones e insultos que nada tiene que ver con la libertad de expresión en democracia. Nadie menciona en las redes el peligroso proyecto político de AMLO: la "refundación del Estado" con base en la voluntad del pueblo, de la cual él es el único intérprete y representante. Pero la descalificación es inmediata para el que ose poner en duda su vocación democrática o critique a alguno de sus portavoces, como el movimiento 132.

Los 132 tiraron finalmente su disfraz apartidista, pero su participación política dejó de manifiesto la ideologización de la educación en México, hasta en universidades privadas como la UIA. Tema que incide directamente en el avance democrático y el voto razonado. Caplan demuestra que en Estados Unidos, la tolerancia a la crítica, la capacidad de debatir con argumentos -no con prejuicios- y el voto razonado aumentan entre quienes gozan de un mayor nivel de educación. Los 132 han mostrado que aquí, las universidades no contribuyen a fortalecer esos valores democráticos: la ideologización de la enseñanza ha transitado de las universidades públicas a las privadas.

Un bloguero de los 132 respondió a mis reservas a su movimiento afirmando: (las cursivas son mías) "lo más triste es que solo te metistes a la pagina yosoy132 para pegar tu link de tu comentario y tengas un reating de participación. Lamentable!". Más lamentable que la redacción del comentario es la alergia al debate y a las ideas que padecen estos estudiantes.

Los padres que desembolsan miles de pesos al mes en colegiaturas deberían preocuparse no solamente de dónde andan sus hijos, sino de lo que leen. Al materialismo dialéctico I, II y III que importaron de las universidades públicas sus mal pagados maestros a la Ibero, tenemos que sumar los escritos solipsistas del posmodernismo.

Si quieren una respuesta a los porqués de la violencia que vivimos, se quedarán muy tranquilos con lo que dice Gilles Lipovetsky ("La Era del Vacío", p. 204), uno de los autores que se han vuelto la Biblia de estudiantes de la UIA que participan en el 132. Cito textual: "La inseguridad actual no es una ideología, es el correlato ineluctable de un individuo desestabilizado y desarmado que amplifica todos los riesgos, obsesionado por sus problemas personales, exasperado por un sistema represivo considerado inactivo...: la inseguridad ciudadana resume de una forma angustiada la desubstancialización posmoderna". Cristalino como el lodo, dirían los ingleses.

A la complicada agenda que le espera a quien resulte electo hoy, habrá que agregar una reforma educativa.

Isabel Turrent

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Triste pero cierto, mucha gente con preparación, con estudios universitarios y hasta de posgrado, que no aportaban ningún argumento basado en datos, cifras, hechos. Los rumores y las "creencias" eran lo que más pesaba. Y cuando se les pedía iniciar un debate, con argumentos, razonamientos, silogismos, o datos, recurrían al insulto, al argumento "ad hominem" (atacar a la persona y no la idea). Descalificar a la persona por ser "necio" ante la insistencia en un dato o razonamiento, era más fácil que entrar a un debate de ideas. Y claro, a mi también me pasó que los videos de you tube eran "el argumento" por excelencia para mostrar algo. Ni hablar, con estos bueyes hay que arar y construir un país.

Pasado o futuro

Para Bismarck, el gran Canciller alemán, "nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería". La tarea del ciudadano en un día de elecciones como hoy es dilucidar entre propuestas, imágenes y mentiras. Todo se vale en una contienda, y la que hoy concluye no fue excepción. Ahora viene la responsabilidad ciudadana.

Los candidatos hicieron su tarea y hoy le toca al ciudadano optar. Como hace seis años, en los últimos días se ha intentado generar un ambiente de descalificación de los procesos electorales. A diferencia de entonces, hoy las encuestas arrojan números muy distintos que le confieren una mayor confiabilidad al ejercicio democrático. Los dos principales candidatos no ponen en juego la estabilidad económica como sí lo estuvo entonces. El avance en este frente es sólido y la amenaza de regresión económica ha amainado tanto que no fue tema relevante en la contienda.

Hoy la tesitura es distinta. Es entre el pasado y el futuro: reconstruir lo que funcionaba o construir una plataforma distinta hacia el futuro. La realidad es que pese a los avances democráticos que se han dado, estamos lejos de vivir en una democracia consolidada. Los políticos no cumplieron con su responsabilidad de construir instituciones que, al dar solidez y predictibilidad a los procesos de toma de decisiones, eliminaran el riesgo de inestabilidad que acompaña a las transiciones de Gobierno. Con nuestro voto los ciudadanos debemos forzar a los políticos a construir las instituciones clave para el desarrollo, la estabilidad y el crecimiento acelerado.

De los tres principales contendientes que hoy se presentan ante el electorado, uno no ha dejado de amenazar con el desconocimiento de los resultados y el contingente de otro sueña con restaurar el viejo régimen. Ambas situaciones son emblemáticas de la inmadurez que caracteriza a nuestra democracia. En las democracias consolidadas lo que se disputa es un pequeño cambio de enfoque que no pone en entredicho la vida cotidiana de la población o la estabilidad del país. Las discusiones en las últimas semanas revelan que estamos lejos de haber arribado al punto en el que eso sea cierto. El hecho de que la estabilidad (o el riesgo del retorno del PRI) sea tema de discusión es revelador en sí mismo.

La ciudadanía tiene que optar por la mejor opción, o combinación de opciones, que le confiera certidumbre respecto al futuro. El caso de la economía ilustra: aunque ésta ha ido mejorando sistemáticamente (2011 fue el año de mayor creación de empleos de nuestra historia), persisten disputas sobre la dirección que debe seguir. En los planteamientos que se escucharon en la contienda un candidato idealizaba el pasado, otro planteaba un retorno a lo que funcionaba y otro más ofrecía un replanteamiento hacia el futuro. A pesar de que México vive una de las mejores circunstancias del mundo en materia económica, la efervescencia es enorme.

Detrás de muchos de los planteamientos se encuentra la idea de que es posible y deseable reconstruir momentos emblemáticos del pasado (sobre todo los 60 o los 70). Una mejor alternativa sería hacer nuestra la ola de cambio que ha caracterizado al mundo en este medio siglo: asirla y romper con los obstáculos que ha generado esta economía polarizada y contrastante donde una parte crece con celeridad en tanto que otra languidece sin rumbo ni oportunidad. Las diferencias aparentes pueden parecer pequeñas, pero se trata de una diferencia radical de enfoque y visión. La pregunta es cómo asegurar el avance hacia consolidar una plataforma de crecimiento con igualdad de oportunidad para todos. El voto es un instrumento limitado, pero excepcional, para ello.

La disyuntiva en la elección de hoy reside en el para qué del Gobierno y qué implica eso para el futuro del País. Es fundamental romper con los impedimentos al crecimiento, muchos de ellos originados en ese mundo idílico de hace décadas que, como dijo Cervantes, nunca fue tal. Por eso es clave quién gane, pero también quién quede en segundo lugar: porque determina la orientación hacia adelante o hacia atrás.

México tiene que ver hacia adelante, dejando el pasado en la historia. La clave del futuro no reside en restaurar, sino en liberar y darle instrumentos al ciudadano para que pueda competir en un mundo globalizado donde la capacidad de agregar valor está determinada por la calidad de la educación (y su naturaleza), la funcionalidad de la infraestructura física y humana y las vinculaciones con el resto del mundo. El ciudadano tiene hoy la oportunidad y la responsabilidad de construir con sus votos los equilibrios que mejor contribuyan a lograrlo: votar diferente para Presidente y para el Legislativo.

En décadas pasadas México abandonó el modelo económico introspectivo porque éste había agotado su viabilidad. Hoy comenzamos a ver los resultados de décadas de transformación y, por vez primera en mucho tiempo, el futuro se ve promisorio. Es momento de dar el gran salto hacia el futuro.

Requerimos un Gobierno competente que construya condiciones políticas y estructurales para que la economía pueda prosperar a un ritmo muy superior al que hemos experimentado recientemente. También, un Gobierno acotado que evite e impida excesos o retrocesos, pues la inmadurez de nuestra democracia hace factible que eso ocurra. Tenemos que dar el giro final: construir la plataforma de un país moderno, en un entorno de libertad en el que la creatividad de la ciudadanía pueda florecer en la forma de actividad empresarial a la que todos tengan acceso.

La opción en esta elección es clara: regresar a lo que ya fue y no funcionó, o dar el gran salto, con conducción gubernamental, hacia el cambio que no acabó de cuajar en la última década, pero que es necesario y, en buena medida, inexorable. Cada votante tendrá que determinar cuál es la mejor combinación que fuerce a los políticos a actuar.

Hace días expresé mi preferencia de candidato. La tarea del votante hoy es decidirse e ir a votar por quién pueda avanzar -y no tenga alternativa de hacerlo- para crear condiciones que hagan posible un futuro diferente. La responsabilidad del resultado será toda suya.

Luis Rubio
www.cidac.org