domingo, 16 de octubre de 2011

Prohibido invertir

El crecimiento económico no se da de milagro, ni por casualidad. No hay una receta única para la generación de riqueza, pero sí hay ingredientes fundamentales para cocinar el platillo de la prosperidad. La inversión es al crecimiento lo que el chocolate al mole negro. Los individuos, las empresas y los países pueden hacer buenas o malas decisiones de inversión.

A nivel de una economía nacional, hay países que son más eficientes en extraer réditos de su inversión. India ha logrado tasas de crecimiento de 8 por ciento invirtiendo una cuarta parte de su PIB. En contraste, China ha invertido casi la mitad de su PIB, para alcanzar apenas un par de puntos por encima de la India. En el 2010, México invirtió 20 por ciento de su PIB para alcanzar un 5 por ciento de crecimiento. Si tomamos el año pasado como referencia, nuestro País requiere invertir alrededor de 4 por ciento del PIB para crecer 1 punto porcentual. Para lograr ese mismo avance en el crecimiento, China requiere invertir 5 por ciento de su PIB. Esto demuestra que podemos ser más eficientes que los chinos a la hora de extraer réditos del capital.

Bajo esta premisa, si México invirtiera más nuestra economía crecería más rápido. Sin embargo, en nuestro País persisten impedimentos legales al ímpetu por generar riqueza. La Ley de Inversión Extranjera limita, en su Artículo 7, hasta el 25 por ciento de capital foráneo en el sector del transporte aéreo. Los sucesivos fracasos para echar a volar de nuevo a la línea aérea Mexicana no se pueden explicar sin esta barrera a recursos de origen foráneo. En esa misma ley se pone un tope de 49 por ciento a los dineros externos que busquen desarrollar el menguante negocio de la telefonía fija. La proverbial falta de competencia en ese sector es consecuencia del cumplimiento irrestricto a esta legislación. En México ni los diputados que redactan las leyes son capaces de respetarlas. Sin embargo, las normas que prohíben la inversión se acatan cabalmente.

Desde su propia Constitución, México construye muros al afán por atraer y retener inversiones. En el primer renglón del Artículo 28, la Carta Magna establece: "En los Estados Unidos Mexicanos quedan prohibidos los monopolios". Hasta ahí todo suena muy bien, pero tres párrafos más abajo, la marrana tuerce el rabo: "No constituirán monopolios las funciones que el Estado ejerza de manera exclusiva en las siguientes áreas estratégicas: petróleo... petroquímica... y generación de electricidad...".

De acuerdo con el texto de la Carta Magna, los monopolios estatales no existen en nuestro País. Pemex y CFE son un espejismo constitucional. Un monopolio no es sólo un mecanismo para ordeñar consumidores o contribuyentes, sino un obstáculo formidable para potenciales oportunidades de negocios. En el ámbito petrolero, esta secuencia de impedimentos al desarrollo está coronada por un doble absurdo: la ley prohíbe al capital privado invertir en el área de hidrocarburos, pero las reglas presupuestales también ponen un techo de 2 por ciento del PIB a los recursos disponibles que tiene Pemex para desarrollar nuevas áreas de la industria. Ni dinero privado, ni dinero público para invertir en uno de los sectores con mayor potencial estratégico y de generación de riqueza. ¿Qué hubiera sido de Petrobras, la empresa petroquímica que ha impulsado el despegue económico de Brasil, si hubiera tenido estas limitaciones financieras en la exploración y explotación de yacimientos de aguas profundas?

Otro botón de muestra. En la Cámara de Diputados lleva un año empantanada la Ley de Asociaciones Público Privadas (APP). Esta ley le daría mayor certidumbre y transparencia de riesgos a los proyectos que buscan desarrollar infraestructura. Ya se organizaron foros, conferencias, análisis de expertos y en San Lázaro simplemente no dan color. Un país que prohíbe la inversión ilegaliza la prosperidad.

Juan Pardinas
 
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Por eso URGEN las reformas estructurales, esas que nos permitirían crecer a mayores tasas, promover la inversión, crear empleos, y disminuir la pobreza. Las reformas estructurales NO son un mito, son necesarias. Con las reglas actuales, leyes, NO es posible generar crecimientos mayores. Las leyes actuales no promueven la inversión, al contrario, la inhiben. No habrá crecimiento del mercado interno en las condiciones actuales.
 
AMEPI, AC.
 

sábado, 8 de octubre de 2011

Protestas y desigualdad

Los movimientos de protesta y marchas en el mundo que aparecieron ya de manera más constante, incluso en Estados Unidos, dan cuenta de una desesperación de una parte de la sociedad que no encuentra respuestas.

La mayoría son jóvenes que están protestando en los principales centros de decisión económica y política. Todos se aglomeran por algo, pero no saben que la solución está en sus manos, además de en la llamada a protestar.

Por ejemplo, arman en Chile protestas para exigir educación gratuita, mientras en los resultados de la evaluación de la OCDE Chile tiene el mejor nivel de calidad educativa de América Latina. El Gobierno reprime a los manifestantes al no tener respuestas claras ni capacidad de encontrar una solución.

Para el caso norteamericano, las marchas se están dando en Nueva York, particularmente en el mercado de valores, pero ya se empiezan a mover a otros lugares, como Washington y algunas capitales. Lo hacen para levantar su voz sobre la falta de oportunidades de empleo y un mejor futuro ante la difícil recesión prolongada que aqueja al vecino país.

Estados Unidos tiene hoy 45 millones de pobres, cuando hace unos 10 años tenía sólo 30 millones. El problema financiero ha limitado la esperanza, las inversiones y el consumo.

Parece ser que el centro de la discusión y los responsables de tomar las decisiones para apoyar el desarrollo armónico de la sociedad no están presentes.

Para muchos, la desigualdad económica es un mal necesario. Las principales escuelas del pensamiento económico lo atribuyen a problemas de la eficiencia del mercado o a la falta de una congruente política educativa que ayude a todos a tener acceso a una educación de calidad y pertinente para la vida productiva.

La economía como ciencia social no tiene respuestas para combatir la desigualdad de manera eficiente. Habrá que buscarlas en otro sitio.

América Latina es uno de los lugares del mundo en donde se manifiesta de manera muy clara la desigualdad económica. De acuerdo al Banco Mundial, 10 de los 15 países con mayor desigualdad en el mundo se encuentran en América Latina, y solamente África muestra hoy mayor desigualdad.

Sin embargo, también en América Latina existe la mayor cantidad de economía informal, de acuerdo a la misma fuente.

Esta realidad atempera las presiones que están viviendo hoy los países desarrollados que no tienen la informalidad como opción de sobrevivencia por principios y por cultura.

Siempre se ha vinculado la desigualdad con el ingreso y el nivel educativo. Por ello en México y en los países de la región latinoamericana la falta de calidad educativa ha sido un factor determinante de la marcada desigualdad.

Hoy por ejemplo, México no produce ingenieros petroleros a pesar de que somos un país exportador de petróleo. Las universidades están enfocadas en la filosofía y el aprendizaje con textos y pizarrones cuando lo que se exige en el mercado son habilidades para producir y aplicar el conocimiento en soluciones útiles a la comunidad.

Los gobiernos son agencias de colocación de militantes políticos y la famosa profesionalización de la función pública es un mito en los estados y municipios.

Tampoco podemos olvidar, como ha quedado evidenciado en nuevos estudios sobre la evolución de la desigualdad, que dígase lo que se diga, la política tiene mucho qué ver con el nivel de desigualdad presente.

Por ejemplo, los esfuerzos por impulsar el crecimiento económico, la inflación y la apertura comercial han tenido y tienen un impacto enorme en la desigualdad económica.

Existe una relación directa entre aumento de desigualdad y aumento del desempleo en Europa y Estados Unidos. La inflación excesiva aumenta la desigualdad. Las devaluaciones también.

Así, todo parece indicar que el mejor mecanismo para disminuir la desigualdad social es tener crecimiento económico por encima de un 5 por ciento de manera sostenida. En todos los episodios en donde esto ha ocurrido en América Latina, se ha logrado bajar la desigualdad.

Por ello no se pueden tolerar errores económicos del Gobierno en la sociedad.

Junto a ello tenemos el gigante reto de mejorar la calidad educativa. De acuerdo a la Coalición Ciudadana por la Educación, para mejorar el desempeño académico de los más de 38 millones de alumnos en el sistema escolar se tiene que mejorar el nivel socioeconómico de la población, la infraestructura educativa y eliminar las relaciones corruptas e inequitativas que el propio sistema escolar en México padece.

Más que protestar debemos atender la desigualdad facilitando en todo lo que sea posible el crecimiento económico, mejorar la calidad educativa con resultados medibles y aumentar la capacidad de impartir justicia. Junto a ello, incrementar el capital social de la sociedad que sea benéfico y subsidiario con el que menos tiene.

Vidal Garza Cantú
vidalgarza@yahoo.com
 
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Para reducir la desigualdad, la pobreza es imprescindible el crecimiento económico. Por eso son urgentes, necesarias, las reformas estructurales. La reforma laboral, la energética, la educativa, la fiscal, la política, etc. Sin un cambio en las reglas del juego, no habrá más crecimiento económico y no habrá forma de reducir la pobreza.
 
AMEPI, AC.